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Mi Lonchera y Yo

Durante toda, o casi toda, mi escuela primaria, viví con una lonchera a mi lado, de aquellas loncheras de latón con un termito dentro. Aquella lonchera, aunque me la cambiaban todos los años para mí era la misma, acumulaba el olor de los diversos almuerzos que se guardaban en ella. Igual lo hacía el termito. De forma que antes de terminar el primer semestre la lonchera apestaba. Para fin del curso la lonchera me provocaba nauseas. Yo creo que fue la lonchera lo que me enseñó a despreciar la comida.

Entre las cafeterías escolares y los negocios de comida rápida, desapareció la lonchera de mi vida cotidiana. Y yo era feliz comiendo, comida más o menos fresca, sin los aromas acumulados de 127 otros almuerzos. Y así pasaron años. Ni en las oficinas donde trabajé, ni en los negocios que visitaba, volví a encontrarme con una lonchera. Hasta ahora.

En los alrededores de donde vivo hay varias oficinas de gobierno y diariamente veo el tráfico peatonal llegando a trabajar. En los últimos meses, veo los empleados que ya conozco de vista por los años que han pasado, cada vez más, llevando su loncherita al trabajo. De ninguna lonchera, a pocas loncheras, a muchas loncheras, a que casi todos traen su lonchera, es señal de una de dos cosas. O las loncheras ya no apestan, o ya nadie tiene los $5 que cuesta cualquier almuercito por ahí.

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