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El Cuento del Pájaro Cimarrón

Había una vez, y dos por tres, un pájaro llamado Pecho Rojo. Él había nacido en cautiverio y siempre vivió enjaulado. Pero, que de vez en cuando se asomaba entre las rejas de la Jaula Mayor y divisaba entre las ramas de los árboles cercanos, otros pájaros. El mayor de entre ellos en la jaula, Cachetes, no dejaba de advertirles que esos pájaros de arbol son pájaros cimarrones. “¡Son mentirosos, y salvajes, y totalmente perdidos! ¡Son pájaros cimarrones! ¡No son civilizados!”, repetía Cachetes. “No saben vivir en sociedad”.

Pecho Rojo no entendía esas palabras altisonantes, pero le parecía que ‘esos cimarrones’ andan de lo más contentos volando por ahí, yendo a donde les lleve el viento. “Es verdad que tengo comida y agua, y cuando hace frío tengo con quien calentarme, pero…” Sentía que había algo más que comer y estar protegido de la lluvia. “Que ser pájaro… ¡es volar!”

Un día, desatentos los que los atendían, dejaron la puerta de la jaula abierta. Despavoridos todos, los pájaros se arremolinaron a la puerta. Algunos saltaban y otros revoloteaban, pero ninguno se asomó a la puerta misma. Cachetes tomó el mando y le advirtió a la comunidad, que estos errores eran comunes, producto de su confianza en nosotros, y que es nuestro deber proteger la entrada y esperar pacientemente a que regresen los humanos a corregir su error.

Pudo más su curiosidad que su prudencia y casi sin pensarlo, ni encomendarse a nadie, Pecho Rojo se zumbó por el espacio resguardado. Aleteando, sin mirar atrás, llegó a lo que para él siempre fue la más alta meta. El árbol de frutas dulces. Allí, una vez en la cumbre, Pecho Rojo descubrió que no existen los horizontes. Y disfrutando el empuje de los vientos, voló y voló.

Pecho Rojo fue feliz. Se encontró con varios pájaros como él. Se unió a una comunidad que vivía entre las piedras de un mogote, donde conoció pájaros que habían volado a otros continentes, pájaros de otras Islas que visitaban por sólo unos días, pájaros que cantaban de alegría al ver el sol esfumar el rocío que se les colaba entre las plumas.

El tiempo pasó y Pecho Rojo recordó a todos aquellos buenos pájaros donde se crió. Reconoció que era su misión llevarle el credo de la libertad, descubrir ante aquellos inocentes la verdad y la vida. Era la forma de pagar por el privilegio de vivir libre.

Lo interesante, para mi, es que todos aquellos residentes de la Jaula Mayor le ofrecieron el rabo al ver que Pecho Rojo se acercaba. Cachetes saltaba entre las rejas dando alarma, y un sinnúmero de ellos le añadieron insulto al desprecio levantando sus alas en rechazo a la mera presencia de Pecho Rojo. Claro, con la algarabía tampoco se escuchaban las palabras de saludo y paz que pitaba nuestro héroe.

Cachetes recobró el control, voló a la puerta de la jaula, y con las alas abiertas y el rabo señalando el enemigo, cotorreo, “¡Peligro, peligro! ¡No le presten atención! ¡Es un pájaro cimarrón! ¡Lleno de maldad y engaño! ¡Espanten, espanten, al Pájaro Cimarrón!” continuó.

Pecho Rojo nunca mas fue visto por las cercanías de la Jaula Mayor. Lo que para Cachetes era la prueba definitiva de que no hay vida fuera de la Jaula Mayor.

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