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Yo admiro a los tramposos

La verdad, y tengo que confesarlo aquí y ahora, es que yo admiro a los tramposos, y hasta algunos corruptos. No estoy hablando de ética. Estoy hablando de tramposos. Todos tienen un cierto carisma, un arrojo, un atrevimiento, una desvergüenza, que uno no puede más que admirar. Cuando lo conocí, que estuvo en mi casa, mi esposa me cometa, después de irse, ‘te diste cuenta, es un saco de trampas’, a lo que le contesté, ‘¡Claro que si, eso es lo que me agrada, que sea un saco de trampas!’

Es que son ingeniosos, manipuladores, son como genios de las pequeñas farsas. La pequeña mentira, la insistencia que lo que dicen los demás, es falso. Que ellos nunca harían eso. Que su palabra es la ley. Son entretenidos, amistosos, y siempre simpáticos. (Aparte, ¿quien le va a comprar algo a un tipo antipático y antisocial?) No hay un tramposo que no te caiga bien. Porque si te cae mal no votas por él.

¡Ay perdón! Mala mia. Otra vez confundo la gimnasia con la magnesia. No estoy hablando de los políticos, nuestros astutos líderes, me refiero a... Lo siento, tengo que detenerme porque me parece que me estoy enfrentando a una contradicción. Uff, las contradicciones me vienen muy mal.

Me siento como el griego aquel de noche buscando con su linterna la verdad. Si pudiera encontrarme un político con la integridad del griego aquel, le daba el voto.

¡Por mi madre!

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